La experiencia no se compra, ni se regala: se sigue y se consigue

Frodo Baggins and real life cycle...

Me gustaría escribir esta entrada a modo de aclaración por mi entrada anterior “Traducciones voluntarias: una opción para adquirir experiencia”.

Parece ser que esta entrada ha levantado ampollas entre muchos y ha sido bastante criticada por el tema de que al traducir gratis, estamos devaluando y deteriorando nuestra profesión. En otras palabras, traducir gratis es tirar piedras sobre nuestro propio tejado. No voy a decir que no, verdaderamente la traducción en muchas ocasiones no se considera una profesión y muchos piensan que es un pasatiempo, una forma de entretenernos, y que los traductores no comemos, que nos alimentamos del aire. De ahí que muchos amigos nos digan: “¿me traduces esto?” “soy colega, a mí no me vas a cobrar” o “hazme precio de amigo” y muchas otras perlas que estamos cansados de oír.

Por otro lado, creo que todas esas críticas que ha recibido mi publicación, han sido por parte de lectores que no han debido interpretar mi mensaje de la forma que yo quería que se entendiera. Dicen que a buen entendedor, pocas palabras bastan, pero yo entono el mea culpa y añado esta entrada para dejar claro mi punto de vista como traductora.

El que yo haya recomendado colaborar voluntariamente como traductor en ciertas organizaciones no significa que yo defienda la idea de que se debe traducir gratis toda la vida, o que un traductor fundamente su carrera en traducciones voluntarias o que debamos vender nuestro trabajo al mejor postor sea al precio que sea. No, no, no y no. No es eso lo que vengo a decir.

En primer lugar, pensemos qué significa colaborar como voluntario. Un voluntario actúa libremente ayudando en la medida que puede con una organización que tiene una causa que le gusta, que le aporta algo a su vida, a su mundo o a su forma de hacer las cosas. Nadie le obliga ni nadie le presiona para que colabore: lo hace él solito porque quiere, porque disfruta o porque le apetece. ¿Cómo colabora un voluntario? Pues los hay de mil maneras: unos van a un comedor benéfico a servir comida, otros se van de misioneros a África y otros deciden aportar su conocimiento para actividades de diversa índole. En el caso de los traductores voluntarios, ponen su experiencia al servicio de las causas que ellos eligen o que a ellos les interesan para colaborar con proyectos sociales (o lo que sea). ¿Qué hay de malo en eso?

Un voluntario colabora, no trabaja. Un voluntario accede libremente y acepta o no las condiciones que le pone la organización. Un voluntario elige si hace o no hace una traducción. Un voluntario no tiene que pasarse tres días sin dormir para entregar una traducción. Un voluntario no está obligado a hacer un encargo especializado de 10.000 palabras para que otro se lucre. Lo ideal, es que un traductor voluntario traduzca textos que le interesen para, además de ayudar a la causa, ir perfeccionando su técnica.

Esto es como todo en la vida: los timadores salen de veinte en veinte de debajo de las piedras para aprovecharse de la buena fe de algunas personas, pero para eso hay que ser listo y utilizar el sentido común. Si una organización tiene mala pinta, sospechas de que quiere aprovecharse de tus servicios o te pone unas condiciones abusivas para que colabores con ella, pues se descarta y punto. Nadie nos obliga a traducir voluntariamente, ni a aceptar condiciones degradantes (y mucho menos si no se nos paga).

Pero claro, es muy fácil poner cara de ogro y hacer crítica destructiva. “Eso son estafas para reventar el mercado de la traducción”, “se aprovechan de que siempre hay alguien que lo hace gratis para acabar con nuestro trabajo”, “si no te contratan de recién graduado, es porque no eres bueno”, en lugar de aportar alternativas a cómo conseguir experiencia remunerada cuando uno sale de la carrera, en lugar de compartir su experiencia para que los noveles también aprendan y puedan encontrar un lugar donde establecerse en esta profesión que a veces parece un acuario de pirañas.

Quizá muchos hayan tenido la enorme suerte de encontrar el trabajo de sus sueños, en una agencia que les paga decentemente, según han salido de la carrera, pero no nos engañemos: la mayoría de empresas ven un currículum sin experiencia y lo mandan a la papelera sin miramientos, sin ni siquiera hacerle una prueba de traducción al candidato que igual es hasta el traductor del año.

Muchos traductores senior recuerdan a los padres cuando les echan la bronca a sus hijos adolescentes y los hijos responden: “ya no te acuerdas de cuando tenías mi edad”. Es un poco así. Parece que muchos no se acuerdan de cómo han llegado donde han llegado, o quizá muchos se olvidan de que cuando entraron en el mercado, la crisis aún no se había llevado por delante todo, y que ahora las cosas no funcionan igual que hace 10 o 15 años.

Defendamos nuestra profesión y luchemos cada día por que se nos respete como profesionales y por que nuestras condiciones de trabajo mejoren y dejen de ser abusivas, pero no nos olvidemos de aportar nuestro granito de arena para que otros aprendan de nuestra experiencia, y que esto no se convierta en una caza de brujas.

La experiencia es la formación más valiosa que podemos adquirir, y también la más difícil de alcanzar.